lunes, 29 de marzo de 2021

Semana del 29/03 al 02/04 - Lengua

Escribe la fecha en imprenta mayúscula y cursiva. Escribe tu nombre en imprenta mayúscula y cursiva. Luego copia los siguientes ejercicios y realízalos:

Leemos el cuento de la "Abeja Florencia"

1) Busca cinco palabras en el texto y sepáralas en sílabas

2) Elige dos de estas palabras y arma una oración para cada una

3) Escribe esas palabras en cursiva

Si quieres escuchar el cuento, puedes seguir este enlace: https://www.mixcloud.com/UABCRadio/el-autob%C3%BAs-la-abeja-florencia/


La abeja Florencia


La abeja Florencia estaba muy orgullosa de su nombre.


– Florencia es un nombre estupendo para una abeja. No se me ocurre otro mejor. Quizás Rosa o Amapola. No, no, el mío es mejor –, se decía.

 

El caso es que Florencia, aparte del nombre, no tenía muchas otras virtudes de abeja. Sus compañeras de la colmena eran todas muy trabajadoras, y empleaban la mayor parte del día en recolectar polen para fabricar miel. Florencia, en cambio, era tan perezosa, que con agitar las alas un par de veces seguidas ya se sentía cansada.

 

– ¿Por qué no harán miel las hormigas? – pensaba –. Así nosotras, las abejas, podríamos descansar o volar por el prado sin preocuparnos de nada.

 

Lo que más le gustaba era imaginar excusas para quedarse en la colmena, aunque le salían siempre tan fantasiosas, que luego no se atrevía a usarlas.

 

Un día le tocaron las flores más difíciles de recolectar, los dientes de león, y pensó:

 

– Mañana no salgo de la colmena en todo el día, para compensar. Y cuando me pregunte dónde estaba les diré… que un ejército de escarabajos voladores vino a apoderarse de la colmena, y que tuve que quedarme yo sola a defenderla. ¡Yo sola contra todo el ejército! ¡Pim! ¡Pum!

 

Distraída con eso, Florencia se fue alejando de sus compañeras y, cuando se quiso dar cuenta, se encontró más perdida que una lenteja en un plato de garbanzos, pero su pereza la salvó de asustarse.

 

– Florencia – pensó –, aquí no te encuentra nadie… ¡Hoy tampoco trabajas!

 

La idea la llenó de alegría, y se puso a revolotear sin ton ni son entre los árboles. Claro que revolotear en el bosque es más peligroso que hacerlo en un prado, y sin darse cuenta, la abeja Florencia se vio atrapada en la tela de una araña.

 

– ¡Vaya! – protestó, moviendo las alas con desespero. Pero aquella tela era tan pegajosa que no había manera de deshacerse de ella–. Esto sí que no me lo esperaba… – refunfuñó al fin.

 

Sin embargo, lo pero aún estaba por llegar. Por un extremo de la tela asomaron las ocho patas peludas de una araña negra como el carbón. Esta vez, Florencia sí que se asustó.

 

– ¡Madre mía! ¡Tengo que salir de aquí!

 

Pero cuanto más se revolvía, más atrapada en la tela se quedaba. Mientras que la araña se acercaba con los pasos tranquilos de quien sabe que su presa no tiene escapatoria.

 

– ¡Socorro! –gritó entonces Florencia.

 

Se creía perdida. ¡Cuánto lamentó entonces toda su holgazanería! ¡Qué rabia le dio no haber tenido un poco más de voluntad! Muy poco la separaba ya de las patas de la araña cuando… ¡Zas! La telaraña se desgarró y ambas salieron disparadas. Florencia tardó un momento en ver que su salvadora había sido la zarpa de un oso.

 

– ¡Muchas gracias! –le dijo al oso mientras se sacudía las alas–. Pero, ¿por qué me has salvado?

 

El oso, que la miraba con una sonrisa de oreja a oreja, le respondió:

 

– Tú eres una abeja, ¿verdad? Y las abejas hacen miel, ¡mi manjar favorito! ¡Cómo no iba a salvarte!

 

Florencia le miró sorprendida, y también un poco avergonzada, pues en su vida de holgazana no había hecho más que una gota de miel, o quizás menos.

 

– Y dime, abeja, tengo curiosidad. ¿Hay que recolectar el néctar de muchas flores para fabricar la miel? – la interrogó el oso con los ojos muy abiertos.

 

– Sí, claro… – contestó Florencia, insegura.

 

– ¡Ah! ¿Y polen? ¿Hay que recoger mucho polen?

 

– Sí, muchísimo… – respondió la abeja, con la mirada triste.

 

– ¿Y cuántas flores se necesitan para…? – siguió preguntando el oso.

 

Pero no pudo terminar la pregunta, porque Florencia rompió a llorar.

 

– ¡No lo sé! – reconoció entre sollozos –. ¡Yo nunca quiero trabajar! ¡No habré hecho más que una gota de miel en toda mi vida…! ¡No merecía que me salvaras!

 

Pero cuando levantó la vista, descubrió que el oso la miraba con una sonrisa.

 

– ¿Te ríes de mí…? –preguntó con timidez.

 

– No, no. Pensaba en lo que has dicho. ¿Dices que solo has hecho una gota de miel en toda tu vida?

 

– Sí… – admitió la abeja.

 

– Pensaba entonces en cuánta miel te queda por hacer… ¡Y en lo rica que va a estar!

 

La respuesta del oso llenó a Florencia de alegría. Y desde aquel día, cada vez que le entraba pereza, se acordaba del oso y de su sonrisa.

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