Escribe la fecha en imprenta mayúscula y cursiva. Escribe tu nombre en imprenta mayúscula y cursiva. Luego copia los siguientes ejercicios y realízalos:
Leemos el cuento de la "Abeja Florencia"
1) Busca cinco palabras en el texto y sepáralas en sílabas
2) Elige dos de estas palabras y arma una oración para cada una
3) Escribe esas palabras en cursiva
Si quieres escuchar el cuento, puedes seguir este enlace: https://www.mixcloud.com/UABCRadio/el-autob%C3%BAs-la-abeja-florencia/
La abeja Florencia
La abeja
Florencia estaba muy orgullosa de su nombre.
– Florencia es
un nombre estupendo para una abeja. No se me ocurre otro mejor. Quizás Rosa o
Amapola. No, no, el mío es mejor –, se decía.
El caso es que
Florencia, aparte del nombre, no tenía muchas otras virtudes de abeja. Sus
compañeras de la colmena eran todas muy trabajadoras, y empleaban la mayor
parte del día en recolectar polen para fabricar miel. Florencia, en cambio, era
tan perezosa, que con agitar las alas un par de veces seguidas ya se sentía
cansada.
– ¿Por qué no
harán miel las hormigas? – pensaba –. Así nosotras, las abejas, podríamos
descansar o volar por el prado sin preocuparnos de nada.
Lo que más le
gustaba era imaginar excusas para quedarse en la colmena, aunque le salían
siempre tan fantasiosas, que luego no se atrevía a usarlas.
Un día le
tocaron las flores más difíciles de recolectar, los dientes de león, y pensó:
– Mañana no salgo
de la colmena en todo el día, para compensar. Y cuando me pregunte dónde estaba
les diré… que un ejército de escarabajos voladores vino a apoderarse de la
colmena, y que tuve que quedarme yo sola a defenderla. ¡Yo sola contra todo el
ejército! ¡Pim! ¡Pum!
Distraída con
eso, Florencia se fue alejando de sus compañeras y, cuando se quiso dar cuenta,
se encontró más perdida que una lenteja en un plato de garbanzos, pero su
pereza la salvó de asustarse.
– Florencia –
pensó –, aquí no te encuentra nadie… ¡Hoy tampoco trabajas!
La idea la llenó
de alegría, y se puso a revolotear sin ton ni son entre los árboles. Claro que
revolotear en el bosque es más peligroso que hacerlo en un prado, y sin darse
cuenta, la abeja Florencia se vio atrapada en la tela de una araña.
– ¡Vaya! –
protestó, moviendo las alas con desespero. Pero aquella tela era tan pegajosa
que no había manera de deshacerse de ella–. Esto sí que no me lo esperaba… –
refunfuñó al fin.
Sin embargo, lo pero
aún estaba por llegar. Por un extremo de la tela asomaron las ocho patas
peludas de una araña negra como el carbón. Esta vez, Florencia sí que se asustó.
– ¡Madre mía!
¡Tengo que salir de aquí!
Pero cuanto más
se revolvía, más atrapada en la tela se quedaba. Mientras que la araña se
acercaba con los pasos tranquilos de quien sabe que su presa no tiene
escapatoria.
– ¡Socorro! –gritó
entonces Florencia.
Se creía
perdida. ¡Cuánto lamentó entonces toda su holgazanería! ¡Qué rabia le dio no
haber tenido un poco más de voluntad! Muy poco la separaba ya de las patas de
la araña cuando… ¡Zas! La telaraña se desgarró y ambas salieron disparadas.
Florencia tardó un momento en ver que su salvadora había sido la zarpa de un
oso.
– ¡Muchas
gracias! –le dijo al oso mientras se sacudía las alas–. Pero, ¿por qué me has
salvado?
El oso, que la
miraba con una sonrisa de oreja a oreja, le respondió:
– Tú eres una
abeja, ¿verdad? Y las abejas hacen miel, ¡mi manjar favorito! ¡Cómo no iba a
salvarte!
Florencia le miró
sorprendida, y también un poco avergonzada, pues en su vida de holgazana no había
hecho más que una gota de miel, o quizás menos.
– Y dime, abeja,
tengo curiosidad. ¿Hay que recolectar el néctar de muchas flores para fabricar
la miel? – la interrogó el oso con los ojos muy abiertos.
– Sí, claro… –
contestó Florencia, insegura.
– ¡Ah! ¿Y polen?
¿Hay que recoger mucho polen?
– Sí, muchísimo…
– respondió la abeja, con la mirada triste.
– ¿Y cuántas
flores se necesitan para…? – siguió preguntando el oso.
Pero no pudo
terminar la pregunta, porque Florencia rompió a llorar.
– ¡No lo sé! –
reconoció entre sollozos –. ¡Yo nunca quiero trabajar! ¡No habré hecho más que
una gota de miel en toda mi vida…! ¡No merecía que me salvaras!
Pero cuando
levantó la vista, descubrió que el oso la miraba con una sonrisa.
– ¿Te ríes de mí…?
–preguntó con timidez.
– No, no.
Pensaba en lo que has dicho. ¿Dices que solo has hecho una gota de miel en toda
tu vida?
– Sí… – admitió
la abeja.
– Pensaba
entonces en cuánta miel te queda por hacer… ¡Y en lo rica que va a estar!
La respuesta del oso llenó a Florencia de alegría. Y desde aquel día, cada vez que le entraba pereza, se acordaba del oso y de su sonrisa.
